El pasado 19 de mayo fue el día elegido por los ya Duques de Sussex para celebrar su enlace matrimonial. Una boda que ha entrado a la historia por su componente rompedor, feminista, igualitario e instagrameable a partes iguales.

Harry de Inglaterra y Meghan Markle se dieron el sí quiero ante la realeza británica y numerosas estrellas estadounidenses en Windsor en una ceremonia en la que no solo se escuchó al arzobispo de Canterbuty, como era de esperar, sino que también pudimos disfrutar del apasionado sermón sobre el amor del obispo Curry y escuchamos cantar el ‘Stand by me’ por un coro de claro componente racial.

Y sin duda, uno de los grandes misterios que rodeaban al evento era el vestido de la novia. La Duquesa de Sussex sabía que todas las miradas estarían centradas en ella cuando descendiera del coche nupcial y por ello, escogió con cuidado tanto la firma encargada de elaborarlo como el diseño.

Claire Waight Keller, directora artística de Givenchy, fue la aguja elegida para crear esta prenda histórica que iba a dar la vuelta al mundo y a inspirar a millones de personas en sus trajes de novia futuros. De corte minimalista, sobria, llevaba escote tipo barco, así como un cuerpo ceñido y silueta A, todo elaborado en cadi de seda de color blanco.

Uno de los elementos que más llamó la atención de su look fue el fastuoso velo de novia, cinco metros de tul de seda y bordado, en el que tuvieron espacio una flor de cada uno de los 53 países que forman la Commonwealth.

Nos gustó muchísimo el vestido porque su elegancia vestía a la novia y no al contrario. Era una creación en la que la Duquesa de Sussex brillaba y su sencillez minimalista le permitía atesorar todo el protagonismo.

Además, se trataba de un vestido que destacaba por su diferencia con respecto a las últimas bodas reales que ha vivido Reino Unido. Kate Middleton, Duquesa de Cambridge, llevó un vestido con cuerpo de encaje y escote corazón firmado por Sarah Burton, diseñadora de Alexander McQueen. Y Diana de Gales podríamos decir que lo llevó todo, como era tendencia en su época; escote de pico, grandes mangas de farol y volantes, seda estampada, decenas de miles de perlas bordadas…

Este evento nupcial nos ha hecho recordar otras novias de la realeza que nos hicieron soñar en su momento. Vamos a hacer un recorrido por esos vestidos en los que el arte, el diseño y la seda se pusieron al servicio de monarquías de medio mundo.

CHARLENE DE MÓNACO

Veinte metros de cola llevaba Charlene de Mónaco en su vestido de novia, firmado por Armani, con incrustaciones de 40.000 cristales de Swarovski y 30.000 piedras doradas.

MARY DE DINAMARCA

Inolvidable el rostro cuajado de lágrimas de su futuro marido cuando Mary entró en la iglesia del brazo de su padre. Escogió un vestido de Uffe Frank, confeccionado en encaje y satén blanco forrado en seda de organza.

VICTORIA DE SUECIA

La futura reina de Suecia se decantó por un vestido de Pär Engsheden con cuello barco, cintura con fajín y una cola de cinco metros. Estaba cosido en seda duquesa satinada de color crema.

MÁXIMA DE HOLANDA

Valentino fue el diseñador encargado de crear el vestido de la reina de Holanda para su boda con el entonces príncipe Guillermo. De color blanco marfil, con ceuello redondeado, cuerpo liso y aplicaciones de encaje a ambos lados de la falda.

METTE-MARIT DE NORUEGA

La princesa buscó inspiración en el vestido de novia que lució la bisabuela de su marido, la reina Maud, cuando se casó. Llevó un diseño de Ove Harder Finseth de crepe de seda color marfil con manga larga ajustada, escote redondo

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